viernes, 20 de febrero de 2009

TODOS SOMOS PERITOS….

Por Miguel Ángel Avilés
avilesdivan@hotmail.com


Si hubiese sido cierta la mitológica historia de Juan Escutia y su lanzamiento memorable envuelto en la bandera, ahora estuviéramos diciendo que no se tiró sino que lo aventaron.
A nadie le quitaríamos de la cabeza que la muerte del, por cierto, no tan niño, fue producto de un atentado norteamericano y no de la valentía patriótica del chamaco.
Si Carlos Gardel hubiese sido un funcionario público al momento de ocurrir aquel accidente de dos aviones trimotores en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, que colisionaron entre sí, todavía estuviéramos asegurando que al morocho del abasto lo mandaron matar las fuerzas reales y opositoras al tango.
La bala que se le extrajo en la morgue y que tenía alojada en el pulmón izquierdo hubiera desatado ahora-como desató en su tiempo-muchas fantasías en torno a la verdadera causa del fallecimiento, sin saber antes que esa bala la llevaba metida ahí hacia mas de veinte años al haberla recibido en un antro cuando esa noche seguía la farra por su cumpleaños.
La guaperrima Fanny Cano y el muy feito Jorge Ibargüengoitia fallecieron trágicamente en
1983 en un accidente aéreo ocurrido en el aeropuerto de Barajas en Madrid. Su avión un DC-9 de Aviaco aterrizó al mismo tiempo que un Boeing 727 de Iberia Airlines. Ambas aeronaves chocaron entre sí, en la colisión resultaron 85 personas muertas.
Ninguno de los dos ocupaba cargos políticos o diplomáticos o por el estilo, de lo contrario tal vez aún se siguiera diciendo, por un lado, que a esa hermosa, fulgurante mujer la eliminaron sus admiradores-entre los que se encuentra el titular de este Diván-porque en los últimos años de su vida reflexionó, se alejó del mundo de la ficción y la vanidad, vendió todas sus propiedades, hizo obras altruistas, distribuyó bienes en su familia. Dedicó su vida a la meditación y el orden espiritual y rehusó la fama efímera de las candilejas y los reportajes periodísticos y, por el otro, que al cachetón de Ibargüengoitia se lo echó al plato un indignado funcionario que se sintió aludido con algunos de los personajes de sus históricas novelas.
Hay una maña generalizada de la gente de anticiparse a las evidencias y asegurar categóricamente que toda muerte de un político, así se resbale con el jabón en el baño, es por antonomasia originada por un atentado.
Se cree, casi como un solo pensar colectivo, que la muerte de un personaje político en un accidente de avión, de automóvil o de otro tipo no puede ser nunca accidental.
Esta creencia es muy legítima. El pueblo, a quien a veces se le glorifica tanto como si fuera una voz unipersonal o un pensar omnipotente, absoluto e infalible, es capaz de construir una teoría sobre el dolo o la intención de una muerte a los pocos segundos de ocurrida esta.
Hay quienes justifican esta costumbre pero, aún cuando puede ser sociológicamente explicable entre otras cosas por la falta de información que a su vez provoca la conjetura y estar cada quien en todo su derecho de opinar, suelen llevarla al terreno de lo categórico e irrefutable como si un acto de esta naturaleza no requiriera investigación alguna sino nada mas la merita sentencia popular.
A partir de la lamentable, dolorosa muerte de Juan Camilo Mouriño y de las demás personas así como de todos los heridos este fenómeno ha vuelto. Todavía no se oficializaba su deceso, peor aún, todavía no se aseguraba que el hasta ese momento secretario de Gobernación fuera uno de los ocupante del jet y ya se estaba diciendo entre los comensales, entre los cafeceros o cibernautas que en esa tarde se estaban enterando de la tragedia, que esto no era otra cosa mas que la consecuencia de la cruenta, feroz lucha contra el narcontráfico.
No se trata de descartar esa posibilidad. No. Tampoco podemos decir desde ya que el piloto tuvo la culpa por bruto. Para nada. La aspiración de alguien que anteponga la sensatez es la de un resultado veraz y sin dudas. Lo que queremos decir es que de pronto todos, con una gran facilidad, opinamos técnicamente, cual experimentados ingenieros, cual peritos en aeronáutica o en aerodinámica o en aviación, sobre las posibles causas de lo ocurrido pero sin herramienta valedera alguna y teniendo de antemano ya una conclusión: que esto fue un atentado.
En la sala de la casa, en el restauran, en el camión, por teléfono, en el carro, en el Chat, en el mercado, con el bolero, de cerco a cerco, mientras se asaba la carne, en la baqueta al estar barriéndola, en un comentario en los medios, en el super, en todos lados, cada uno y cada cual tenía su opinión de los hechos, muy respetable y necesaria, pero buena parte de ellas, se deslizaban hacia una hipótesis que ya quisiera tenerla en estos momentos Luís Téllez.
Que en el aeropuerto Potosino le pusieron una bomba al avión para que explotara pocos segundos antes de tocar tierra en paseo de la reforma de la ciudad de México; que el piloto y copiloto eran narcos encubiertos y que estaban dispuestos a morir como kamikazos con tal de cumplir con su objetivo: matar a Mouriño, a Jose Luís Santiago Vasconcelos y de paso a los otros por andarse subiendo al avión; que justo cuando iba aterrizando un francotirador disparó al piloto y pasó lo que pasó, que si hubiera sido un accidente el avión tendría que haber pegado de cola y no de frente o al revés; que momentos antes Calderón recibió una llamada misteriosa que le advertía de lo que iba a ocurrir; que si el avión hubiese sufrido un desperfecto se rompe en menos pedacitos y no en tantos; que los que planearon esto sabían que el peje pasaría por ese lugar y querían que la nave le cayera en la cabeza; que por algo no se subió el diputado federal por Baja California Antonio Valladolid porque ya sabía lo que iba a pasar; que el fuego no se propaga tanto cuando es un accidente, y así.
Todos, eso sí, tienen su fuente o fundamento: eso se los habia comentado un amigo que es funcionario y que esta muy cerca de un funcionario que a su vez esta mucho mas cerca de otro funcionario que estuvo en el aeropuerto de San Luís Potosí y algo raro notó; que al momento de recibir la noticia Calderón, clarito se lee en sus labios cuando dice: ya me lo chingaron; que pegadito a la mesa del restauran donde estamos comiendo estaban unos ingenieros y ellos aseguraron que eso no pudo ser un accidente; que al mercado llegó un piloto y ahí mismo se puso explicar el porqué fue un atentado; que con esa mueca que hizo López Dóriga o, en su caso, Javier Alatorre, algo nos quiso decir; que la vez que se estrelló el papá de Roberto Madrazo allá hace muchos años también se dijo lo mismo; que a Mouriño le tocó la de perder como a Colosio, y a Cloutier y a Adolfo Aguilar Zinzen y demás porque estaba destinado, como ellos, a transformar este México de sus amores pero no lo dejaron llegar.
Hasta ahorita no hay elementos suficientes, al menos no a la vista, para asegurar ni una ni otra cosa. Todas son meras especulaciones que gravitan más en el contexto político e ideológico que en el científico o en el técnico. Estos dos últimos debieran ser los criterios los que en su momento prevalecieran para descartar o robustecer cualquier hipótesis.
No obstante sucede que lo anterior parece no importarnos porque, para decirlo prosaicamente (visto como la estética de lo cotidiano), eso no trae chiste. Lo que socialmente nos entretiene es jugar cuantas veces sea posible al juego de los indagadores donde toda afirmación es válida, quizá bajo el inconciente argumento de que la voz del pueblo es la voz de dios.
Pero en estas horas de responsabilidades, de transformaciones, de caminos hacia la madurez ciudadana, en verdad ¿creen ustedes que Vox Populi Vox Dei?
Yo pienso que….

No hay comentarios: